“Un pintor es un hombre que pinta lo que vende. Un artista, en cambio, es un hombre que vende lo que pinta”.
Pablo Picasso
Joaquín López Baeza nos presenta en su último trabajo ,“Óleos & Bronces”, en la Sala de Exposiciones del Casino de Elda, una veintena de lienzos representan la obra más reciente del pintor, mucha de ella realizada exprofeso para la ocasión, a la que añade una novedad, la voluntad de mostrar, una serie de pequeñas piezas en bronce, donde el artista apunta sus primeras incursiones en el campo de la escultura.
Esta exposición es el óptimo resultado de un obligado periodo de inactividad expositiva que no creativa, que ha servido al pintor para reflexionar y reconducir sutilmente su trabajo hacia nuevos caminos que vemos hoy aquí representados y que no dejarán indiferente al espectador.
Joaquín es de los que opinan honestamente que aquel que lo deja todo para “malvivir” de su pintura, es el que merece el calificativo de artista y que el resto, donde él humildemente se ha venido incluyendo hasta ahora, son aficionados. En la actualidad existe un amplio margen de posicionamientos dentro del complejo panorama artístico, donde quizás lo más honesto sea concebir el arte, no como algo reflexivo y trascendente, sino como reflejo de la tranquilidad y despreocupación de lo interior.
Y este es el lugar en el que Joaquín se posiciona dentro de su particular mundo artístico.
Quizás sea por el tipo de trabajo que desempeña en la actualidad, que le obliga a llevar una actividad pública y social a veces desenfrenada, que el artista se muestre receloso de su intimidad. Por eso, la soledad en el estudio la vive como necesaria y allí entre pinceles, lienzos y música de fondo, es donde Joaquín disfruta de esos momentos íntimos que el trabajo con la pintura le aporta y que, además, lo vincula no sólo como medio de expresión, sino también de comprensión hacia sí mismo y hacia los demás, en esa búsqueda y esa querencia por llegar al fondo del conocimiento.
Si analizamos con una mirada rápida la exposición, lo primero que nos sorprende es la heterogeneidad de la obra representada. La diversidad formal que nos presenta (figuración, abstracción, etc), pone de manifiesto que el pintor no está dispuesto a dejar pasar ninguna forma artística con la que de alguna manera poder articular los cimientos de su estilo. Temáticamente recurre a los géneros clásicos como el paisaje y el bodegón de los que difícilmente se puede sustraer por la fuerte carga de tradición histórica. El paisaje, el bodegón, el autorretrato o la representación de la figura humana, continúan siendo los temas de trabajo, sobre los cuales los artistas han desarrollado su campo de experimentación. También es cierto que los géneros han sufrido toda una serie de cambios a nivel formal, técnico y conceptual, avalados por los cambios coyunturales que acaban provocando la metamorfosis de la mirada del artista sobre la obra. Una mirada que no puede obviar el contexto en el que se produce, las influencias que recibe y los diversos agentes externos que irremediablemente la rodean y la condicionan. Es por ello que Joaquín cuando pinta, no puede obviar ni el contexto en el que lo realiza, ni la influencia que percibe, sobre todo cuando se acerca a la temática del paisaje.
Queda claro en esta exposición el gusto del artista por representar el paisaje, sobre todo el del mediterráneo. Y también es obvia la fuerte influencia que han provocado en él generaciones anteriores de pintores alicantinos, que basaron su obra en la representación de nuestro entorno. Pero si existió en Alicante un pintor que desarrolló todo tipo de experimentación, dentro del campo figurativo y a través del paisaje, con respecto al color, a la forma, y al dibujo, ese fue Emilio Varela. El artista influyó de manera determinante en la mayoría de pintores que le siguieron: González Santana, Javier Soler, Enrique Lledó. Las obras de estos artistas son impensables sin la influencia decisiva de Varela. Una influencia de la que no pudieron sustraerse por el poder plástico, poco común, que desprendía su obra.
Joaquín conoce y comprende el lenguaje de la pintura, sabe que puede nutrirse de la tradición de todos estos pintores que son de su interés y también sabe que los artistas en general, desarrollan su propio trabajo basándose en la de otros, pero lo que es evidente es que ninguna de estas influencias deben coartar el propio camino.
Joaquín se nutre de toda esa tradición paisajística alicantina y esto se ve claramente en sus paisajes con almendros, en los paisajes con palmeras, en su visión sobre el árbol y en algunas representaciones marítimas, que lo vinculan directamente a su otra gran pasión, la mar.
Sus reminiscencias al mundo natural son constantes: representaciones de campos de almendros, de amapolas; el detalle de unas macetas en flor, girasoles en la inmensidad de la campiña, unas gaviotas sobrevolando pequeñas barcas. En cualquier caso, la forma y la estridencia del color es lo que determina la composición y el significado de su obra. Precisamente es el color la anécdota común que une todos sus lienzos. El pintor francés Paul Cezanne decía a propósito del color: “Existe una lógica de los colores a la cual el pintor debería adaptarse, que no es la lógica del cerebro”.
Lo más característico de la pintura de Joaquín es la “violencia” excesiva de sus colores, término que utilizan algunos autores para definir brevemente al Fauvismo. La manera en que Joaquín utiliza el color recuerda mucho a los pintores de este movimiento desarrollado en París a principios del siglo XX (Matisse, Marquet, Dufy, Braquet). En algunas de sus pinturas predomina el carácter extremadamente lineal y el empleo de armónicos y sutiles colores, se traduce en unas producciones de naturaleza intemporal e imágenes arquetípicas reducidas a pura esencia. Me atrevería a apuntar ciertas similitudes en algunos de sus trabajos, en algún bodegón concretamente, con el arte Naif. Los contornos quedan definidos con mucha precisión, la falta de perspectiva, la sensación volumétrica conseguida por medio de un extraordinario colorido, pintura en ocasiones detallista y minuciosa, y una gran potencia expresiva, aunque el dibujo pueda parecernos incorrecto. Sin ser falso lo que pinta, tampoco es verdadero. Nos referimos a algunos de los bodegones y a una serie de paisajes de pequeño formato que desarrolla a partir de un lenguaje de gran ingenuidad.
Como podemos comprobar en esta exposición, el artista nos deja entrever la diversidad de estilos por los que hábilmente se mueve, y cómo esta diversidad de estilos se concibe en función de lo que palpita detrás de su obra. Queda patente en sus pinturas figurativas la habilidad técnica que posee, el gusto por el trabajo bien hecho y el ocio por recrearse en el oficio de pintor. No obstante, esa habilidad a la que hacemos mención, se manifiesta de manera sugerente en una serie de pequeños lienzos, donde los aspectos no visibles del mundo aparecen en el plano de la abstracción. Es aquí donde se acentúa el enfrentamiento del artista delante del bastidor, del lienzo y se produce no sólo un cambio en el procedimiento técnico, sino también en la actitud frente al acto de pintar. Se produce incluso un cambio en el campo semántico y nos aparecen conceptos como subjetividad, estructura y gesto. Es la pintura entendida en su sentido más físico: pigmento, forma y sobre todo materia. La materialidad surge como reflejo incontrolado del gesto y una notable impronta emocional. Ningún elemento aparece subordinado a otro, al contrario, se produce una absoluta autonomía entre ellos, y a la vez, una convergencia de sus significaciones bajo ese campo de experimentación en que a fin de cuentas resulta el espacio pictórico.
Volviendo otra vez a la muestra en sí, a su significación dentro de lo que sería una de sus individuales más importantes y a modo de conclusión, sería necesario resaltar en ella varios aspectos. El artista no olvida la importancia de la pintura como campo inmanente en la creación. Esta confianza del pintor, que parece afirmarlo en un concepto tradicional de la pintura, no es más que producto de su búsqueda y anticipa un cierto guiño al espectador desorientado ante el mundo artístico que se le presenta. Mundo que a pesar de su apariencia caótica revela indicios: ni prescinde de los procesos artesanales ni del trabajo bien hecho. En esta muestra Joaquín hace lo más sincero que puede: desvela todas las perspectivas de su talante artístico que junto a la afectividad de los temas y la labor constante y disciplinada de su oficio es la clave para unir todos sus lienzos.
Rocío García Sirvent
Lda. Historia del Arte.